Sobrevivir al Terremoto (avance)

El siguiente texto es un extracto del libro “Haití. Capitalismo del Desastre”, que estoy preparando y espero publicar en los próximos meses.

Iolanda Fresnillo. 12 de enero de 2015

Goudougoudou

Las cicatrices del terremoto son aún visibles a cinco años del terremoto

El 12 de enero de 2010, a las 4.53 de la tarde, y durante 35 segundos, la tierra tembló. El terremoto de grado 7,3 en la escala de Richter, con su epicentro a 10 km de la superficie y muy cercano a la ciudad de Léogâne, a 12km al sud-oeste de la capital, Port-au-Prince, se sintió con fuerza en toda el área metropolitana de la capital y en diferentes puntos del país, como el mismo Léogâne, Grand Goave, Petite Goave y Jacmel.

El nivel de devastación e impacto humano fue inmenso. Tres millones y medio de personas, un tercio de la población de Haití, sintieron las fuertes sacudidas del seísmo. Más de un millón y medio de personas, representando el 15% de la población, fueron directamente afectados. Según las cifras del gobierno haitiano[1], 222.570 personas perdieron la vida, y 300.572 personas resultaron heridas de diferente gravedad.

La destrucción de infraestructuras de todo tipo fue masiva. Más de 300.000 casas afectadas, algo más de 100.000 totalmente destruidas. El Palacio presidencial, el Parlamento, la Corte de Justicia y la mayor parte de edificios ministeriales en la capital fueron destrozados por el terremoto. El 25% de los funcionarios de Port-au-Prince fallecieron en el terremoto. También la sede central de la policía o la de Naciones Unidas. Hoteles de lujo y embajadas, el terremoto llegó a todos los estratos de la sociedad. El puerto de la capital y parte del aeropuerto quedaron parcialmente inutilizados. Se derrumbaron la Catedral Nacional (Católica) y la Catedral de la Santísima Trinidad (Episcopal), así como muchos otros espacios de culto. En la capital, el 60% de los edificios administrativos, el 80% de las escuelas y el 60% de los hospitales fueron gravemente dañados. Según el ministerio de educación, 4.992 escuelas fueron afectadas por el terremoto, el 23% de todas las escuelas del país. De estas, 3.978 (el 80% de las escuelas afectadas) fueron cerradas a causa de los daños o la total destrucción.  También varias facultades o el campus de la Universidad Quiskeya. Lo que, según Beverly Bell, “los haitianos llaman ‘las tres Es’: état, eglises et écoles [Estado, Iglesias y Escuelas]”[2]

El terremoto originó costes y pérdidas estimadas en 7.800 millones de dólares, equivalente a más del 120% del PIB del año anterior (2009).  “En 35 años en los que el método DALA ha sido utilizado para estimar daños y pérdidas, esta es la primera vez que el coste de un desastre es tan alto en comparación al tamaño de la economía de un país” (Gobierno de Haití, 2010). La mayor parte de los daños y pérdidas se concentraron en el sector privado, con 5.7 billones de dólares (el 70% del total) mientras el sector público acumuló pérdidas y daños por valor de 2 billones de dólares.

El sector de la vivienda, sin duda, se llevó la mayor parte de los daños, con unos costes de 2.3 billones de dólares, representando aproximadamente el 40% de los efectos del terremoto.

A cinco años del terremoto, aún muchos en Haití evitan nombrarlo. Lo llaman goudougoudou, por el terrible rugido que surgió de las entrañas de la tierra. Otros se refieren al “douz”, el doce, la fecha del seísmo. La mayoría simplemente hablan del evènman [el evento] o de la katastwòf [la catástrofe]. Muchas heridas y cicatrices quedan abiertas. Todos en Haití tienen una historia que empieza o acaba ese 12 de enero. Todos perdieron a alguien. Todos perdieron algo, una casa, una oficina, una escuela… Todos recuerdan dónde estaban aquél día y cómo consiguieron salir adelante o sacar a alguien de debajo de los escombros o simplemente compartir un plato de comida o un sorbo de agua.

Más allá de las cifras, una catástrofe teñida de solidaridad … haitiana

Las cifras, todas de récord, nos permiten dimensionar la tragedia, pero nos cuesta de imaginar qué supone en realidad todo ello. Las imágenes que durante semanas nos llegaron a través de las televisiones y periódicos, nos mostraban un país en ruinas y un pueblo derrumbado, en estado de shock.

“La situación es dramática. 3 millones de damnificados. Un país entero llorando mas de 100.000 muertos [esas eran las primeras estimaciones], cientos de miles de heridos y … cadáveres en todas partes. Toda la población durmiendo en la calle, esperando la replica y nuevos golpes …” nos contaba por email a los pocos días de la catástrofe Camille Chalmers, compañero de la red Jubileo Sur con quien compartimos durante años la lucha por la cancelación de las deudas de Haití y la restitución de las deudas históricas con el pueblo Haitiano. Todas las crónicas nos hablan de una catástrofe difícil de asimilar.

Las crónicas que nos llegaron a través de los medios nos hablaban de la acumulación de cuerpos en las morgues primero y en las calles después; del terrible olor y los sonidos de llantos, cantos y gritos de desesperación; de las dificultades de las tareas de emergencia y de lo heroico de las acciones de rescate; de la desesperación del pueblo haitiano y de los límites de su enorme capacidad de resilencia; del caos y de la violencia. Nos abrumaban a imágenes desgarradoras que de tan crueles llegaban a deshumanizar al pueblo haitiano. Una imagen paternalista y llena de tópicos y estereotipos de víctimas desesperadas, pobres e incapaces de hacer frente a la situación, frente a la imagen de los actores occidentales, cooperantes, bomberos o soldados, organizados y racionales[3].

A esta imagen, que idealiza los actores internacionales “protagonistas” de las tareas de emergencia y humanitarias, se contrapone lo que muchos cuentan en Haití, sobre como la población se organizó rápidamente, para asegurar que todos los supervivientes tuviesen comida y agua, así como la compañía, cuidado y abrigo de su comunidad. Para Camille Chalmers resulta clave reconocer la tarea de haitianos y haitianas de a pie como “first responders”, los primeros a responder ante la catástrofe:

“Después del terremoto se creó un espacio interesante de solidaridad inter-haitiana que fue totalmente silenciado. Hay que subrayar la maravillosa reacción del pueblo de Port-au-Prince que en unos pocos días supo reorganizar la vida para más de 2 millones personas, lo que no era nada fácil. Allí se distribuyeron todos los recursos, se compartió todo lo que se tenía. Yo mismo pude comer los cuatro primeros días en la calle gracias a la distribución de comida comunitaria. No había nada, ni tiendas, ni restaurantes. Nada. Pero se repartía todo. Es muy importante subrayar eso.

Otro ejemplo de solidaridad fue que, durante los 10 primeros días después del terremoto, las 684.000 personas que huyeron de Port-au-Prince fueron acogidas, alimentadas y albergadas en zonas campesinas, muy pobres. Yo conozco el caso de Papaye, un pueblo de 6.000 habitantes que recibió más de 14.000 personas. Se respondió a necesidades de techo, alimentos, vestidos … y también psicológicas y afectivas. Mucha gente llegó a zonas donde no conocía a nadie, y fue acogida igualmente. Fue un momento terrible, pero un momento maravilloso de solidaridad, que habría que celebrar.

Era un momento para aprovechar, en una estrategia real de reconstrucción. Era un momento para provocar un nuevo encuentro entre segmentos de la población, y cambiar la visión que muchos del país. Desde PAPDA se hicieron propuestas concretas para aprovechar ese espacio, para organizar actividades y proyectos colectivos de reconstrucción, como acciones de reforestación o alfabetización. Para construir nuevos lazos. Pero esa no fue la orientación escogida. La orientación fue mendigar y agradecer la generosidad de la comunidad internacional. La ayuda se concentró además en la capital. La prioridad de la ayuda fue la visibilidad y las cámaras apuntaban a Port-au-Prince.

Para nutrir a esas 684.000 personas, los campesinos gastaron todas sus reservas de semillas, por lo que cayó la producción agrícola, y ninguna de las ayudas que llegaban eran para afrontar ese problema. Todo se concentraba en la ciudad, y alrededor de los actores internacionales, desplazando los mecanismos de solidaridad que se habían creado”.

Pesca colectiva en Île-à-vache

También Beverly Bell, militante pro-derechos humanos de New Orleans, que ha vivido largas temporadas en Haití y se trasladó allí al mes del terremoto, recoge en su libro “Fault Lines” numerosos ejemplos e historias personales de solidaridad y auto-organización de la población haitiana en el momento del post-terremoto. Beverly Bell ha brindado la posibilidad de reproducir aquí algunas de las historias de solidaridad haitiana que vivió en el país tras el terremoto[4].

“Las operaciones de búsqueda y rescate, contrariamente a las imágenes de los medios internacionales, no fueron dirigidas por soldados extranjeros con los pastores alemanes, sino por ciudadanos comunes (…) [a través de] los programas organizados de ayuda que los grupos comunitarios lanzaron, basados en la dignidad, el respeto y auto-organización. (…)

Los ciudadanos comunes formaban la mayor fuerza de los equipos de rescate y socorristas. Se esforzaron por escuchar los sonidos de los seres vivos enterrados bajo los edificios caídos, y cavaron con las manos desnudas, trozos de madera y tapas de ollas, a través de los cristales rotos, cemento y bigas para desenterrar la gente, vivos o muertos. Volvieron a entrar en las estructuras todavía temblando para encontrar a más gente. (…)

Las personas llevaban a los heridos a los hospitales en las puertas arrancadas de sus marcos, cajas de cartón aplanadas, o lo que podría servir como una camilla. Extraños ofrecieron sus automóviles, camiones o motocicletas para llevar a los supervivientes heridos a los hospitales y los cadáveres a fosas comunes. El personal médico, a pesar de sus propias pérdidas y el espacio y los suministros inadecuados, trabajaron durante la primera noche y las semanas siguiente para llevar a cabo amputaciones de emergencia y tratar a cientos de miles. (…)

Aunque la mayoría de la gente estaban ellos mismos en el filo de la navaja de la supervivencia, compilaron los alimentos que tenían o rebuscaron en tiendas abandonadas (lo de en el extranjero a menudo se refirieron como “saqueos”) para distribuir a los hambrientos. Localizaron carbón y cocinaron comidas para repartir. Compartieron las escasas reservas de agua, mantas, y dinero con los seres queridos y con aquellos a los que nunca antes habían visto. (…)

Las personas que tenían un lugar para dormir acomodaron a aquellos que no disponían de abrigo: los niños huérfanos y abandonados, heridos y enfermos, ancianos o familias enteras. Algunos se encargaron de organizar la educación o recreación para los niños, ya que ninguna escuela estaba funcionando. (…)

Inmediatamente el nuevos sin hogar y los que estaban preocupados por los frecuentes y violentas réplicas – básicamente todo el mundo- se congregaron en campos, plazas públicas, patios de escuelas, y calles, tan lejos como fuese posible de los edificios que aún podían derrumbarse. Los propietarios privados permitieron o animaron activamente a las personas desplazadas para establecer refugios en sus tierras (aunque esto cambiaría más adelante). La gente eligió a sus representantes de los campamentos y formó comités para auto-gestionarse. Se organizaron para buscar materiales para construir refugios y otros suministros, y para designar áreas para baños e higiene. Se compilan listas de los residentes de los campamento: nombres; número de familias, niños, mujeres embarazadas y personas enfermas; y necesidades especiales. Más tarde, algunos líderes de los campamentos intentarían navegar por las complicadas estructuras de la ayuda internacional en nombre de sus campamentos. (…)

Para proporcionar seguridad en el entorno de inseguridad de los campamentos y calles, algunas mujeres mantenían constantemente un ojo vigilante sobre las mujeres y niñas que se encontraban en alto riesgo de violencia, interviniendo en caso necesario. Algunos hombres, como Getro, dejaron sus propias familias para proporcionar mayor protección a los grupos encabezados por mujeres. (…)

En el campo, los campesinos cuidaban a los seiscientos mil afectadas por el terremoto que habían huido de los centros urbanos. Algunos de los emigrantes se habían dirigido a sus familias para evitar dormir en las calles, mientras que otros simplemente se habían subido al primer autobús que saliese de la ciudad. Muchos de esos buses fueron enviados a Port-au-Prince por las autoridades de las zonas no golpeadas por la catástrofe, para evacuar a las personas de forma gratuita. Los segundos en responder, la población rural, acogieron  multitudes, por lo general sin ningún tipo de apoyo financiero ni de ninguna organización”.

Una catástrofe (no)natural

Un terremoto es un fenómeno natural. Sus consecuencias no tienen porque serlo. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, cada año se producen en el mundo unos 50 movimientos sísmicos de magnitud similar al registrado en 2012 en Haití, y en muy pocas ocasiones se llega al grado de destrucción y devastación registrados en Haití[5]. Ese mismo año, tan sólo 6 semanas tras el seísmo en Haití, en Chile se vivió un terremoto de grado 8.8 en la escala de Richter. Murieron 723 personas. Tal y como afirma Beverly Bell, “La astronómica destrucción en Haití tiene su origen en la política y la economía. Puede ser rastreado hasta la violencia estructural – las políticas y sistemas que reflejan el colonialismo, imperialismo, racismo y patriarcado- y que se desarrolla de forma muy cruda y árida en las vidas de los más pobres” (Bell, B. 2013).

El propio Gobierno Haitiano, en el documento de evaluación de daños y necesidades elaborado después del terremoto, afirmaba que el impacto humano había sido “inmenso en un país marcado por la alta incidencia de pobreza: alrededor del 67% de la población viviendo con menos de 2$ al día antes del terremoto”[6]. Así, si bien el origen de la catástrofe puede ser natural, sus efectos no lo son, y están directamente relacionados con el nivel de empobrecimiento de la población. Y ese empobrecimiento no tiene nada de natural. Tiene su origen en decisiones humanas.

Para muchos, como Nixon Boumba, militante del Movimiento Popular Democrático (MODEP), “el terremoto llegó para evidenciar y agravar las deficiencias de un sistema profundamente injusto”. El seísmo visibilizó aún más una situación de grandes desigualdades y empobrecimiento, de violencia estructural y una violación sistemática de los derechos económicos, sociales y culturales. Como hemos visto, durante siglos, desde la colonización y a lo largo de los años desde la independencia, Haití ha sufrido numerosas injerencias y, con la connivencia de la élite haitiana, se ha impuesto un modelo neoliberal al servicio del centro económico del sistema capitalista.

Carlos Gómez Gil explica este fenómeno (desastres naturales con consecuencias muy diferenciadas según sea la situación de partida) a través del concepto “catástrofe de clase”[7]:

“Nos hemos acostumbrado a éxodos, hambrunas, terremotos, inundaciones, tsunamis y todo tipo catástrofes, si bien en los últimos años, su repetición y especialmente sus dramáticas consecuencias sobre millones de personas y países en permanente estado de calamidad, permiten que veamos con claridad cristalina cómo su impacto es mayor cuanto más pobre y miserable es el país que lo sufre. Es un matemático axioma que funciona con una precisión aritmética a la hora de llevarse por delante vidas y países, pero cuya aplicación no tiene nada de caprichoso, sino que es el fruto de procesos humanos deliberados y conocidos que en combinación con determinados fenómenos naturales adquieren dimensiones gigantescas. Este conjunto de fenómenos provienen de decisiones humanas que generan lo que podríamos denominar como catástrofes de clase (…).

Efectivamente, sabemos sobradamente que cada catástrofe que periódicamente nos sacude es un excelente indicador de la situación social y política de cada país, de su grado de desarrollo, pero especialmente, de las condiciones de vida de los más desposeídos, es decir, de la condición estamental y de clase del país y de sus habitantes. Ya sean ciclones o terremotos, huracanes o inundaciones, hambrunas o sequías, los pobres tienen un raro privilegio, probablemente uno de los pocos de sus desdichadas existencias: ser víctimas predilectas de estas catástrofes, protagonistas privilegiados de cada siniestro a los que añaden damnificados contabilizados en cientos de miles de personas”.

La dimensión de la catástrofe depende claramente de la mochila de empobrecimiento, desigualdades y deficiencias democráticas que acarree un pueblo a sus espaldas. Pero también depende de cuál es la respuesta ante ella. Según afirma Sanon Reyneld, militante por el derecho  la vivienda en Frakka, “la catástrofe no fue el seísmo, la catástrofe vino después”. Para muchos la forma como se gestionó la emergencia primero, y la reconstrucción después, han dado nuevos significados al desastre.

NOTAS

[1] Las cifras de daños y pérdidas de este capítulo, si no se indica lo contrario, provienen de dos fuentes:

Gobierno de Haití (2010) Haïti Earthquake PDNA (Post-Disaster Needs Assessment): Assessment of damage, losses, general and sectoral needs http://siteresources.worldbank.org/INTLAC/Resources/PDNA_Haiti-2010_Working_Document_EN.pdf
Oficina del Enviado Especial de Naciones Unidas para Haití http://www.lessonsfromhaiti.org/lessons-from-haiti/key-statistics/
[2] Beverly Bell (2013) Fault Lines. Views across Haiti’s Divide. Cornel University Press http://faultlinesbook.org
[3] Esta es la imagen mayoritaria que se extrae de las coberturas de TVE y TV3 (la televisión autonómica de Cataluña) del terremoto en Haití entre el 13 y 31 de enero, según el estudio Xavier Giró (dir.), Laia Farrera, Mar Carrera (2013) Anàlisi de la cobertura de TVE i TV3 de la catàstrofe humanitària d’Haití. Observatori de la Cobertura de Conflictes-UAB/FCONG http://www.confederacio.org/files/Resum%20resultats%20estudis%20.pdf
[4] Fragmentos de “What we have, we share” en Beverly Bell (2013) Fault Lines. Views across Haiti’s Divide. Cornel University Press http://faultlinesbook.org
[5] Carlos Gómez Gil (2010), Un análisis multifocal del terremoto de Haití. Algunos análisis y lecciones estructurales. http://www.rebelion.org/docs/116979.pdf
[6] Government of Haiti (2010) Haïti Earthquake PDNA (Post-Disaster Needs Assessment): Assessment of damage, losses, general and sectoral needs http://siteresources.worldbank.org/INTLAC/Resources/PDNA_Haiti-2010_Working_Document_EN.pdf
[7] Carlos Gómez Gil (2010), Un análisis multifocal del terremoto de Haití. Algunos análisis y lecciones estructurales. http://www.rebelion.org/docs/116979.pdf

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