Quisqueya, la cuna de la vida

Te dan la bienvenida, desde lo alto del avión, el azul turquesa del Caribe, el verde de unas montañas peladas (Ayiti, el lugar montañoso, es uno de los nombres que los indígenas tainos le dieron a esta preciosa isla, el otro es Quisqueya, la cuna de la vida)… y el gris de las casas de lata, lona y el cemento de Port-au-Prince. Lo habitual nudo en el estómago cuando aterrizas en un nuevo país, un nuevo mundo.

Haití da cierto miedo. Aunque no los queramos reconocer, cargamos en la mochila muchos prejuicios. Algunos de estas miedos se reafirman, pero muchos otras caen como castillos de naipes cuando tienes la valentía de afrontarlos. Lo primero que cae es la idea de que Haití es miseria, violencia y desesperación. Porque Haití es, obviamente, mucho más que el titular habitual: “el país más pobre del hemisferio occidental”.

Haití es África en el Caribe.

Haití es el picante de sus comidas y la dulzura de sus frutas. Es Lambi avec sauce Creole, Tasso Cabrit y banane peze bien crujiente. Haití es el verde de los arrozales del Artibonite y el azul del mar durante miles de kilómetros de costa. Haití es Konpa y Troubadour. Es compartir una botella de Babancourt (ron) hasta el final o tantas Prestige (cerveza) como haga falta para alegrar la noche. Es recorrer la ciudad de Puerto Príncipe sobre una moto y las carreteras imposibles del país en una furgoneta sin un centímetro cuadrado libre.

Haití es lucha y dignidad. Haití es una sonrisa eterna en la vida, pero también una intensa mirada de rabia a la injusticia.

Haití es decir siempre sí cuando te ofrecen salir de Puerto Príncipe, a las montañas de Kenscoff, a descubrir la Grand’Anse, a conocer el histórico Kapayisyen, o admirar las playas de Kay Jacmel. Haití es festejar la inauguración de la Place de la Resistance en Pestel bailando Konpa toda la noche. Y que te lleven en barca a darte un chapuzón en una isla paradisiaca en las Cayemites. Haití es festejar (nuevamente) sin causa aparente con un grupo de médicos cubanos, asar un cerdo y bailar salsa toda la noche. Haití es ir de Jeremie en Les Cayes, en moto, durante tres horas y media, bajo la lluvia, para meterte en una furgoneta de 12 plazas con 20 personas y un gallo durante 5 horas más. Haití es que te inviten a conocer las comunidades del norte, en resistencia contra la minería, y hacer amigos de los que sabes serán para toda la vida. Haití es compartir con las compañeras de viaje Cassave (entre un pan y una crepe de mandioca) recién hecha con Mamba (pasta de cacahuete) y azúcar de caña. Haití es bailar al son de los tambores del Voudou hasta que las piernas te digan basta y te falte el aliento. Haití es dejarte ir cuando te invitan a bailar kompa Love sin importarte las distancias. Haití es que alguien que acabas de conocer te invite a comer a su casa. Haití es una playa, unos pescadores, una puesta de sol en Jacmel. Haití es comprar dos kilos de mangos en la calle y no poder esperar a llegar a casa para comer uno por la dulzura que desprenden. Haití es recorrer algunas calles de Puerto Príncipe, a pie, admirando las preciosas Gingerbread (casas de madera tradicionales). Haití es escuchar música tradicional con los trabajadores de la casa donde vives y que te cuenten canción a canción. Haití es el cómo te puedo ayudar cuando te ven sola y blanca, desentonando en el entorno. Haití son las noches eternas arreglando el mundo en el Vert Galant o el Yambalou (ya nos gustarían bares como estos en Barcelona). Haití es una manifestación con las trabajadoras del textil que dura horas y recorre kilómetros bajo un sol de justicia. Haití es una Prestige helada después de la manifestación en compañía de militantes incansables. Haití es Sankara y Lumumba como referentes. Haití son todos los terremotos que lo han empobrecido, pero también toda la riqueza de un pueblo acogedor, digno y luchador.

 

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